20 de octubre de 2011
22 de agosto de 2011
7 de julio de 2011
7 de mayo de 2011
26 de abril de 2011
24 de abril de 2011
23 de abril de 2011
25 de octubre de 2010
24 de octubre de 2010
25 de noviembre de 2009
EXPOSICIÓN JUAN MANUEL PUENTE EN LA GALERIA RUAS

ESTADOS DE CONCIENCIA
En una sociedad hipnotizada por el ansia del consumo y por obtener el bienestar inmediato con las mínimas contrapartidas posibles, todo cuanto signifique un mínimo grado de esfuerzo parece estar desechado de antemano. En este marco, la comprensión de una obra de arte que no muestra lo evidente y nos invita a reflexionar sobre aquello que permanece escondido bajo los pliegues de la realidad, suscita un rechazo inicial que sólo los muy entusiastas parecen dispuestos a considerar, más aún cuando del análisis de ese discurso pictórico y vital se extraen una serie de conclusiones morales de difícil encaje en la uniformidad reinante. Es necesario cambiar un sistema de percepción atrofiado, pervertido por estímulos mercantiles y publicitarios, pero, aun logrando paulatinamente esa transformación educativa, requerirá mucho empeño entender cómo un objeto de uso cotidiano se convierte en obra de arte y adquiere otro significado, otra reputación distinta a la que inicialmente poseyó, gracias a la manipulación interesada del artista. Mucho más complicado será acercarnos a una obra que posee su propio lenguaje intelectual, que demuestra el vigor de la abstracción simbólica y, por lo tanto, no ofrece al espectador las sinecuras de lo figurativo porque carece de esas referencias que balizan la singladura que nos traslada hasta el origen de la pintura.
El placer espiritual y el júbilo intelectual que la pintura de Juan Manuel Puente provoca no resulta fácil de precisar, como no considero sencillo explicar el enamoramiento o la pasión del coleccionista ante el excluido o el inexperto. En cualquiera de estos casos, interviene un conglomerado de factores que sólo en la conciencia individual encuentran justificación. La experiencia emocional de contemplar unos cuadros que bien podrían ser ventanas a través de cuyo cristal nos adentramos en el interior del artista no puede reproducirse con las limitaciones del lenguaje y, sin embargo, con esta pobre herramienta he de interpretar lo que mis ojos tratan de abarcar, la luz que dibuja la cinta gris de un horizonte levemente abovedado que actúa como frontera entre un pasado y un futuro indeterminado, voluble y arbitrario, como si en los colores del día se revelara la presencia bienaventurada y diligente de una naturaleza sagrada. Acaso por esta razón, los paisajes de Puente ejercen sobre mí esta fascinación extraña y reconfortante. Por esta razón, y porque la combinación de experiencia y sentimiento, de intuición y destreza consiguen que nos integremos plenamente en ese paisaje deshabitado que las medidas del lienzo delimitan.
La pintura de Puente posee unos códigos secretos que sólo quien adquiere, por medio de la serena contemplación, un alto grado de complicidad será capaz de desvelar, porque los matices casi sobrenaturales, inverosímiles que logra tras su perseverante indagación en el tratamiento del color, nos comunican esa “expresión pura del alma” de la que hablaba Miró, nos inducen a buscar en el interior de la propia materia, en un difícil ejercicio de introspección, aquello que la representación nos hurta. Pero ¿qué enmascara esa línea del horizonte? Difuminada, en algunos casos, por transiciones casi indistinguibles, donde los colores parecen fundirse, en otros, sin embargo la línea agudiza el contraste, marcando dos extensiones ― tierra o mar y cielo, espacio y tiempo ― de forma precisa, lo que tal vez no haga más que simbolizar la fugacidad del instante, la precariedad de la existencia, sujeta a los vaivenes del azar o, cuando se degrada y casi pasa desapercibida, una intuición en germen, que aún no se ha manifestado plena. Quizá en función de su estado emocional alcance unas veces más peso el pasado, otras el futuro y este precario equilibrio se injerta en el lienzo y se refleja en la posición de la línea del horizonte, convenientemente situada a mayor o menor altura, según sea la presión de ese impacto del que hablamos. Para Puente lo inmediato, el instante aprehendido sólo es una metáfora del paso del tiempo, una excusa para tomar conciencia de esa fugacidad y conservar memoria de lo visto, y esa representación del entorno fugitivo pero inmóvil ahora, supone el punto de partida de una honda reflexión sobre la existencia, sobre el peso del pasado y la ingravidez del porvenir. Sin duda, la fluctuación de la posición que la línea del horizonte encuentra en cada cuadro es fruto de un temperamento que sufre ambigüedades emocionales, dudas y oscilaciones en el sentir (algo, por otra parte, sustancial al hecho de crear). Puente es un pintor en el que fondo y forma actúan en perfecta consonancia, porque no hay nada superfluo en sus pinceladas, nada que no funcione interrelacionadamente con un pensamiento arraigado, pero, y no es una paradoja, en constante ebullición. Así es como su pintura consigue emocionarnos, porque lo que en una primera mirada puede parecer únicamente una acertada combinación cromática, esconde una vinculación secreta de cada color con un estado de ánimo determinado, combinándolos hasta ofrecer al espectador una gama de posibilidades tonales – y por tanto, sentimentales – casi infinita. Todo dependerá de nuestra capacidad de identificación con las pulsiones metafísicas que mueven al artista, con los indicios para una reflexión gnóstica a la que éste nos convoca. Fiel a sus presupuestos estéticos, concibe la obra de arte como un instrumento para comprender la diversidad del mundo, y su autor se vale de ella, de esa forma de expresión consensuada con su yo más íntimo, para analizar su lugar en ese mundo que con cada pincelada descubre y, a la vez, ennoblece. La soledad de los espacios que estos cuadros de pequeño formato reproducen nos anima a pensar en la pintura, más que como fruto de una improvisación, como una idea mental vivamente fraguada, en la senda de pintores como Caspar David Friedrich o Luc Tuymans, y no debe sorprendernos, que esa luz incierta, sobrecogedora en ocasiones, nos seduzca y nos arrastre como un imán hasta las profundidades de nuestra confusión. Quienes pensamos como el escritor Cees Nooteboom cuando afirma que “Un poeta que ama a un pintor no puede remediar ver los cuadros de éste como seres vivos” sentimos dentro esa efervescencia de la luz pintada creciendo desde nuestras entrañas hacia fuera, hacia ese momento, inmortal por repentino, que nos justifica.
Carlos Alcorta.
En una sociedad hipnotizada por el ansia del consumo y por obtener el bienestar inmediato con las mínimas contrapartidas posibles, todo cuanto signifique un mínimo grado de esfuerzo parece estar desechado de antemano. En este marco, la comprensión de una obra de arte que no muestra lo evidente y nos invita a reflexionar sobre aquello que permanece escondido bajo los pliegues de la realidad, suscita un rechazo inicial que sólo los muy entusiastas parecen dispuestos a considerar, más aún cuando del análisis de ese discurso pictórico y vital se extraen una serie de conclusiones morales de difícil encaje en la uniformidad reinante. Es necesario cambiar un sistema de percepción atrofiado, pervertido por estímulos mercantiles y publicitarios, pero, aun logrando paulatinamente esa transformación educativa, requerirá mucho empeño entender cómo un objeto de uso cotidiano se convierte en obra de arte y adquiere otro significado, otra reputación distinta a la que inicialmente poseyó, gracias a la manipulación interesada del artista. Mucho más complicado será acercarnos a una obra que posee su propio lenguaje intelectual, que demuestra el vigor de la abstracción simbólica y, por lo tanto, no ofrece al espectador las sinecuras de lo figurativo porque carece de esas referencias que balizan la singladura que nos traslada hasta el origen de la pintura.
El placer espiritual y el júbilo intelectual que la pintura de Juan Manuel Puente provoca no resulta fácil de precisar, como no considero sencillo explicar el enamoramiento o la pasión del coleccionista ante el excluido o el inexperto. En cualquiera de estos casos, interviene un conglomerado de factores que sólo en la conciencia individual encuentran justificación. La experiencia emocional de contemplar unos cuadros que bien podrían ser ventanas a través de cuyo cristal nos adentramos en el interior del artista no puede reproducirse con las limitaciones del lenguaje y, sin embargo, con esta pobre herramienta he de interpretar lo que mis ojos tratan de abarcar, la luz que dibuja la cinta gris de un horizonte levemente abovedado que actúa como frontera entre un pasado y un futuro indeterminado, voluble y arbitrario, como si en los colores del día se revelara la presencia bienaventurada y diligente de una naturaleza sagrada. Acaso por esta razón, los paisajes de Puente ejercen sobre mí esta fascinación extraña y reconfortante. Por esta razón, y porque la combinación de experiencia y sentimiento, de intuición y destreza consiguen que nos integremos plenamente en ese paisaje deshabitado que las medidas del lienzo delimitan.
La pintura de Puente posee unos códigos secretos que sólo quien adquiere, por medio de la serena contemplación, un alto grado de complicidad será capaz de desvelar, porque los matices casi sobrenaturales, inverosímiles que logra tras su perseverante indagación en el tratamiento del color, nos comunican esa “expresión pura del alma” de la que hablaba Miró, nos inducen a buscar en el interior de la propia materia, en un difícil ejercicio de introspección, aquello que la representación nos hurta. Pero ¿qué enmascara esa línea del horizonte? Difuminada, en algunos casos, por transiciones casi indistinguibles, donde los colores parecen fundirse, en otros, sin embargo la línea agudiza el contraste, marcando dos extensiones ― tierra o mar y cielo, espacio y tiempo ― de forma precisa, lo que tal vez no haga más que simbolizar la fugacidad del instante, la precariedad de la existencia, sujeta a los vaivenes del azar o, cuando se degrada y casi pasa desapercibida, una intuición en germen, que aún no se ha manifestado plena. Quizá en función de su estado emocional alcance unas veces más peso el pasado, otras el futuro y este precario equilibrio se injerta en el lienzo y se refleja en la posición de la línea del horizonte, convenientemente situada a mayor o menor altura, según sea la presión de ese impacto del que hablamos. Para Puente lo inmediato, el instante aprehendido sólo es una metáfora del paso del tiempo, una excusa para tomar conciencia de esa fugacidad y conservar memoria de lo visto, y esa representación del entorno fugitivo pero inmóvil ahora, supone el punto de partida de una honda reflexión sobre la existencia, sobre el peso del pasado y la ingravidez del porvenir. Sin duda, la fluctuación de la posición que la línea del horizonte encuentra en cada cuadro es fruto de un temperamento que sufre ambigüedades emocionales, dudas y oscilaciones en el sentir (algo, por otra parte, sustancial al hecho de crear). Puente es un pintor en el que fondo y forma actúan en perfecta consonancia, porque no hay nada superfluo en sus pinceladas, nada que no funcione interrelacionadamente con un pensamiento arraigado, pero, y no es una paradoja, en constante ebullición. Así es como su pintura consigue emocionarnos, porque lo que en una primera mirada puede parecer únicamente una acertada combinación cromática, esconde una vinculación secreta de cada color con un estado de ánimo determinado, combinándolos hasta ofrecer al espectador una gama de posibilidades tonales – y por tanto, sentimentales – casi infinita. Todo dependerá de nuestra capacidad de identificación con las pulsiones metafísicas que mueven al artista, con los indicios para una reflexión gnóstica a la que éste nos convoca. Fiel a sus presupuestos estéticos, concibe la obra de arte como un instrumento para comprender la diversidad del mundo, y su autor se vale de ella, de esa forma de expresión consensuada con su yo más íntimo, para analizar su lugar en ese mundo que con cada pincelada descubre y, a la vez, ennoblece. La soledad de los espacios que estos cuadros de pequeño formato reproducen nos anima a pensar en la pintura, más que como fruto de una improvisación, como una idea mental vivamente fraguada, en la senda de pintores como Caspar David Friedrich o Luc Tuymans, y no debe sorprendernos, que esa luz incierta, sobrecogedora en ocasiones, nos seduzca y nos arrastre como un imán hasta las profundidades de nuestra confusión. Quienes pensamos como el escritor Cees Nooteboom cuando afirma que “Un poeta que ama a un pintor no puede remediar ver los cuadros de éste como seres vivos” sentimos dentro esa efervescencia de la luz pintada creciendo desde nuestras entrañas hacia fuera, hacia ese momento, inmortal por repentino, que nos justifica.
Carlos Alcorta.
INAUGURACIÓN Sábado 12 de diciembre a las 20 h.con asistencia del artista
EXPOSICIÓN Del 12 de diciembre al 9 de enero de 2010
HORARIO De lunes a Viernes de 19 a 21 h.Sábados de 12 a 14 h. y de 19 a 21,30 h.
GALERIA RUAS C/ El Medio, 1 Puebla Vieja, Laredo t. 942605492
EXPOSICIÓN Del 12 de diciembre al 9 de enero de 2010
HORARIO De lunes a Viernes de 19 a 21 h.Sábados de 12 a 14 h. y de 19 a 21,30 h.
GALERIA RUAS C/ El Medio, 1 Puebla Vieja, Laredo t. 942605492
23 de noviembre de 2009
22 de octubre de 2009
LA GALERÍA RÍO 10 ABRE SEDE EN TORRELAVEGA
Se trata de una galería de Quintanilla de Vivar (Burgos), que abre su nueva sede en Torrelavega, donde desde el cierre de Espí nos habíamos quedado sin galerías de arte. Esperemos que la galería RIO10 pueda capear la situación actual y asi tener un lugar de encuentro con el arte en la ciudad. El día 24 de octubre se inaugura la sala con las creaciones de Solaguren (pintura) y Francisco Ortega (escultura).

19 de octubre de 2009
http://www.youtube.com/watch?v=VqoVjkvB0K4&feature=relatedAmiina (anteriormente conocidas como Amína o Aníma) son un cuarteto de músicas islandesas originario de Reykjavik. Frecuentemente interpretan en vivo y en el estudio con la banda también islandesa Sigur Rós, con la cual están asociadas. Su estilo es minimalista incorporando partes contemporáneas de viola clásica, loops de música ambiental electrónica y metalófonos. La banda es conocida por utlizar un gran número de instrumentos en sus presentaciones, y porque sus miembros cambian de posición en el escenario y de instrumento constantemente en la mayoría de sus conciertos, casi siempre después de un sampling.
Espero que os guste, Salu2.
8 de octubre de 2009
30 de septiembre de 2009
http://langbaumann.com/doku/index.html Instalaciones y decoración, el apartado just air está curioso
Salu2
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