20 de octubre de 2011

EXPOSICIÓN "Mirar, pensar el horizonte"

    
JUAN MANUEL PUENTE

Del 27 de octubre al 18 de noviembre 2011
Sala de exposiciones: EL DIARIO MONTAÑES
Horario: de 11 a 14h y de 17 a 19h.
C/ Hermilio Alcalde del Río 12, bajos. Torrelavega  


    
     Madurez y exigencia son dos calificativos que sientan mejor que bien a la obra de Juan Manuel Puente. El artista, que siempre ha hecho del enfrentamiento con su pintura la pugna concienzuda, esforzada, indagadora que reclama toda vía consciente hacia el conocimiento, sigue planteando, en cada nueva exposición, ambiciosos enigmas que hacen al espectador partícipe de un efecto que supera los límites de la manera y del soporte en que su arte se asienta: la pintura de Puente nunca finaliza al mudar el plano perceptivo, al tomar una diferente referencia visual; su trabajo se prolonga en el pensamiento del espectador, apela a su condición inteligente, lo reta, lo estimula a construir su propia especulación, lo atrae hacia su abismo y lo inquieta con interrogantes que, muchas veces, carecen de respuesta.
   
    Carecen de respuesta, o la necesitan mágica, consoladora o dogmática. Así son las que aportan la filosofía, la religión, el psicoanálisis. La pintura de Juan Manuel Puente está atravesada por una profunda preocupación ontológica, por un aliento trascendente que desliza su campo reflexivo desde la cuestión de la naturaleza del ser, hasta el enfrentamiento del ser con la nada, aceptando o negando, según intervengan intuición o razón, ese cerco al natural deseo de eternidad. Es su arte la proyección de una clara conciencia de los límites (la muerte, la insuficiencia del lenguaje, la temporalidad), pero, al mismo tiempo, es regeneración y atrevimiento a superar la divisoria en un supremo anhelo de permanencia.

    Una línea y dos campos de color bastan a Juan Manuel Puente para devolver al espectador la aspiración, angustiada y ansiosa, de querer conocer qué es lo que hay más allá del origen y del adiós del ser. Dos campos nunca fríos, sí profundos; sombríos y candentes, ondulantes y calmos. Y siempre iluminados por el ascua interior de alguna incógnita. Una línea que es límite, tajo en la vana ambición humana de perdurar, emblema de la poquedad del ser y de su insolvencia ante el misterio, la naturaleza o su propia finitud. Hija del logos, la conciencia del límite se enfrenta a la ambición de infinito y alimenta la experiencia existencial que justifica la obra de Puente: esa dialéctica entre aceptación y rebeldía, transgresión y conformidad, deseo y constatación empírica.

    Juan Manuel Puente ha decidido situar al espectador ante el paisaje mental del horizonte. Es su objeto de contemplación el mar, el mar despierto y solo como lo vio Juan Ramón, tan sin conciencia de sí “en un eterno conocerse, / (…) y desconocerse.” Pero esto es lo de menos. Puente ha depurado de tal modo su mirada que lo que vemos en el lienzo son dimensiones psíquicas o metafísicas; son conceptos teóricos, Espacio, Tiempo, Profundidad; conceptos que en sí mismos llevan la dimensión infinita. El horizonte es el choque entre estas magnitudes, la caída en cuenta de la razón lógica y la manifestación del límite que imponen la realidad y su experiencia. Límite que en sí encierra la tentación de su quebrantamiento.
  
    Cada pieza expuesta por Juan Manuel Puente tiene apariencia de lienzo y valor de símbolo, de escena metafísica en la cual nada se representa sino que simplemente acontece, y acontece desde la infinitud del Tiempo en la profundidad del Espacio. De este modo, lo que podría pasar por ser una colección de nocturnos inducida por la esfera imaginativa romántica, adquiere su esencial condición metafísica al desaparecer la escala, la anécdota y la narración de lo representado, elemento, el primero, que resulta trascendental en una tela de obligada referencia al ocuparnos de estas pinturas de Puente, como es “Der Mönch am Meer” de Caspar David Friedrich. Puente, al contrario que el portento prusiano, extrae del cuadro la escala humana, la terrenalidad de la línea de costa, y se aleja de su solipsismo. Puente no muestra un conflicto de dimensiones entre el Universo y el yo, o entre vida material y vida espiritual, con sus ramificaciones éticas, didácticas o patológicas, sino que, transfiriendo al mundo natural la intuición de eternidad, anuncia el triunfo absoluto de la Naturaleza, su evidencia sola, exacta y franca, y la seguridad de su fortaleza y persistencia, de su magnificencia y dominio sobre los perecederos desvelos, insidias y quehaceres de ese pequeño y evolucionado ser que puebla sus reales y se envanece en sus predios. La Naturaleza ha ganado la pugna por la infinitud, viene a decirnos. El Ser la ha perdido, confinado en sus límites.   
   
    Los campos de Puente son espacios de color, pero también lo son de luz, de aire. Y en su superficie densa, estriada, trabajado a conciencia su mudo movimiento, hay rastros de esa luz que se conmueve al ver al ser humano debatirse y meditar en lo oscuro. En la mínima porción de esa gama de azules, de grises o de negros; en el mar imposible que el artista ha concebido, o ha soñado con la cualidad cromática de la tierra que cubrirá nuestros hechos humanos, hay esa luz de fondo que seduce y sugiere asaltar una línea que está, pero no es.
  
    La obra pictórica última de Juan Manuel Puente, lejos del estatismo rothkiano, muestra una pintura intensa y dramática que conversa con el afán y la tiniebla, con la existencia y la nada, con el razonamiento y la turbación. Es pintura para ser mirada muy de cerca por un ojo nunca cautivo de lo intrascendente. Contiene la medida de la condensación poética, y en sus negros, azules, grises, tierras, está su adhesión al postulado de hacer más con menos, de pensar más con menos.

   Juan Manuel Puente ha situado al espectador ante el límite visual del horizonte. Línea que es ilusoria, pero cierta. Que es seducción y expectativa. Que es más allá, y más adelante. Que delimita lo que no tiene fin. Línea de meditación y de atracción. Línea que pide ser violada para verse caer, del otro lado, al infinito.


Rafael Fombellida

Cáncer de mama





25 de noviembre de 2009

EXPOSICIÓN JUAN MANUEL PUENTE EN LA GALERIA RUAS


ESTADOS DE CONCIENCIA

En una sociedad hipnotizada por el ansia del consumo y por obtener el bienestar inmediato con las mínimas contrapartidas posibles, todo cuanto signifique un mínimo grado de esfuerzo parece estar desechado de antemano. En este marco, la comprensión de una obra de arte que no muestra lo evidente y nos invita a reflexionar sobre aquello que permanece escondido bajo los pliegues de la realidad, suscita un rechazo inicial que sólo los muy entusiastas parecen dispuestos a considerar, más aún cuando del análisis de ese discurso pictórico y vital se extraen una serie de conclusiones morales de difícil encaje en la uniformidad reinante. Es necesario cambiar un sistema de percepción atrofiado, pervertido por estímulos mercantiles y publicitarios, pero, aun logrando paulatinamente esa transformación educativa, requerirá mucho empeño entender cómo un objeto de uso cotidiano se convierte en obra de arte y adquiere otro significado, otra reputación distinta a la que inicialmente poseyó, gracias a la manipulación interesada del artista. Mucho más complicado será acercarnos a una obra que posee su propio lenguaje intelectual, que demuestra el vigor de la abstracción simbólica y, por lo tanto, no ofrece al espectador las sinecuras de lo figurativo porque carece de esas referencias que balizan la singladura que nos traslada hasta el origen de la pintura.
El placer espiritual y el júbilo intelectual que la pintura de Juan Manuel Puente provoca no resulta fácil de precisar, como no considero sencillo explicar el enamoramiento o la pasión del coleccionista ante el excluido o el inexperto. En cualquiera de estos casos, interviene un conglomerado de factores que sólo en la conciencia individual encuentran justificación. La experiencia emocional de contemplar unos cuadros que bien podrían ser ventanas a través de cuyo cristal nos adentramos en el interior del artista no puede reproducirse con las limitaciones del lenguaje y, sin embargo, con esta pobre herramienta he de interpretar lo que mis ojos tratan de abarcar, la luz que dibuja la cinta gris de un horizonte levemente abovedado que actúa como frontera entre un pasado y un futuro indeterminado, voluble y arbitrario, como si en los colores del día se revelara la presencia bienaventurada y diligente de una naturaleza sagrada. Acaso por esta razón, los paisajes de Puente ejercen sobre mí esta fascinación extraña y reconfortante. Por esta razón, y porque la combinación de experiencia y sentimiento, de intuición y destreza consiguen que nos integremos plenamente en ese paisaje deshabitado que las medidas del lienzo delimitan.
La pintura de Puente posee unos códigos secretos que sólo quien adquiere, por medio de la serena contemplación, un alto grado de complicidad será capaz de desvelar, porque los matices casi sobrenaturales, inverosímiles que logra tras su perseverante indagación en el tratamiento del color, nos comunican esa “expresión pura del alma” de la que hablaba Miró, nos inducen a buscar en el interior de la propia materia, en un difícil ejercicio de introspección, aquello que la representación nos hurta. Pero ¿qué enmascara esa línea del horizonte? Difuminada, en algunos casos, por transiciones casi indistinguibles, donde los colores parecen fundirse, en otros, sin embargo la línea agudiza el contraste, marcando dos extensiones ― tierra o mar y cielo, espacio y tiempo ― de forma precisa, lo que tal vez no haga más que simbolizar la fugacidad del instante, la precariedad de la existencia, sujeta a los vaivenes del azar o, cuando se degrada y casi pasa desapercibida, una intuición en germen, que aún no se ha manifestado plena. Quizá en función de su estado emocional alcance unas veces más peso el pasado, otras el futuro y este precario equilibrio se injerta en el lienzo y se refleja en la posición de la línea del horizonte, convenientemente situada a mayor o menor altura, según sea la presión de ese impacto del que hablamos. Para Puente lo inmediato, el instante aprehendido sólo es una metáfora del paso del tiempo, una excusa para tomar conciencia de esa fugacidad y conservar memoria de lo visto, y esa representación del entorno fugitivo pero inmóvil ahora, supone el punto de partida de una honda reflexión sobre la existencia, sobre el peso del pasado y la ingravidez del porvenir. Sin duda, la fluctuación de la posición que la línea del horizonte encuentra en cada cuadro es fruto de un temperamento que sufre ambigüedades emocionales, dudas y oscilaciones en el sentir (algo, por otra parte, sustancial al hecho de crear). Puente es un pintor en el que fondo y forma actúan en perfecta consonancia, porque no hay nada superfluo en sus pinceladas, nada que no funcione interrelacionadamente con un pensamiento arraigado, pero, y no es una paradoja, en constante ebullición. Así es como su pintura consigue emocionarnos, porque lo que en una primera mirada puede parecer únicamente una acertada combinación cromática, esconde una vinculación secreta de cada color con un estado de ánimo determinado, combinándolos hasta ofrecer al espectador una gama de posibilidades tonales – y por tanto, sentimentales – casi infinita. Todo dependerá de nuestra capacidad de identificación con las pulsiones metafísicas que mueven al artista, con los indicios para una reflexión gnóstica a la que éste nos convoca. Fiel a sus presupuestos estéticos, concibe la obra de arte como un instrumento para comprender la diversidad del mundo, y su autor se vale de ella, de esa forma de expresión consensuada con su yo más íntimo, para analizar su lugar en ese mundo que con cada pincelada descubre y, a la vez, ennoblece. La soledad de los espacios que estos cuadros de pequeño formato reproducen nos anima a pensar en la pintura, más que como fruto de una improvisación, como una idea mental vivamente fraguada, en la senda de pintores como Caspar David Friedrich o Luc Tuymans, y no debe sorprendernos, que esa luz incierta, sobrecogedora en ocasiones, nos seduzca y nos arrastre como un imán hasta las profundidades de nuestra confusión. Quienes pensamos como el escritor Cees Nooteboom cuando afirma que “Un poeta que ama a un pintor no puede remediar ver los cuadros de éste como seres vivos” sentimos dentro esa efervescencia de la luz pintada creciendo desde nuestras entrañas hacia fuera, hacia ese momento, inmortal por repentino, que nos justifica.

Carlos Alcorta.




INAUGURACIÓN Sábado 12 de diciembre a las 20 h.con asistencia del artista
EXPOSICIÓN Del 12 de diciembre al 9 de enero de 2010
HORARIO De lunes a Viernes de 19 a 21 h.Sábados de 12 a 14 h. y de 19 a 21,30 h.
GALERIA RUAS C/ El Medio, 1 Puebla Vieja, Laredo t. 942605492

22 de octubre de 2009

LA GALERÍA RÍO 10 ABRE SEDE EN TORRELAVEGA


Se trata de una galería de Quintanilla de Vivar (Burgos), que abre su nueva sede en Torrelavega, donde desde el cierre de Espí nos habíamos quedado sin galerías de arte. Esperemos que la galería RIO10 pueda capear la situación actual y asi tener un lugar de encuentro con el arte en la ciudad. El día 24 de octubre se inaugura la sala con las creaciones de Solaguren (pintura) y Francisco Ortega (escultura).

19 de octubre de 2009

http://www.youtube.com/watch?v=VqoVjkvB0K4&feature=related

Amiina (anteriormente conocidas como Amína o Aníma) son un cuarteto de músicas islandesas originario de Reykjavik. Frecuentemente interpretan en vivo y en el estudio con la banda también islandesa Sigur Rós, con la cual están asociadas. Su estilo es minimalista incorporando partes contemporáneas de viola clásica, loops de música ambiental electrónica y metalófonos. La banda es conocida por utlizar un gran número de instrumentos en sus presentaciones, y porque sus miembros cambian de posición en el escenario y de instrumento constantemente en la mayoría de sus conciertos, casi siempre después de un sampling.
Espero que os guste, Salu2.